jueves, 17 de julio de 2014

Compleja, diversa y riesgosa. Así es la arena del desarrollo.

Por Adrián Gargicevich


La complejidad, la diversidad y el riesgo, son atributos propios de los procesos de desarrollo. Aunque nuestro deseo sea evitarlos, recurrirán a nosotros en todo momento. No vale la pena intentar esquivarlos, hay que descubrir cómo convertirlos en oportunidades para nuestro trabajo.

¿Por qué será que cuando nos inmiscuirnos en un proceso de apoyo al desarrollo, tenemos la tendencia a elegir los caminos más simples, uniformes y sin muchas curvas? Tal vez sea producto del estilo positivista predominante en nuestra formación profesional. O tal vez sean las propias leyes de la termodinámica que, en la naturaleza, nos premian cuando ahorramos energías, cuando somos más eficientes. Lo cierto es que muchas veces, estos principios, no aplican para elegir el mejor camino a seguir cuando los entornos son primordialmente intersubjetivos. En especial cuando trabajamos para el desarrollo de una comunidad. Aquí se ponen en juego pujas de intereses, saberes, expectativas, y mucho más. Todo junto en un colectivo de opciones, complejas, diversas y riesgosas.  

En estas situaciones la tarea de apoyo consiste en acoplarnos estructuralmente con los otros para lograr el objetivo. Constituyendo un cuerpo social cuya estructura continuamente estará mantenida y sostenida por acciones de construcción y reconstrucción, en principio, dependientes de la posición ocupada por quiénes las llevamos a cabo. Si para acoplarnos apostamos por desplegar nuestras habilidades profesionales simplificando, uniformando y asegurando los procesos, podemos estar entorpeciendo más que facilitando el proceso. Si forzamos el timón hacia aquellos locus más cómodos para nuestro propio estilo de pensar y actuar, estaremos aislándonos más que acoplándonos. Debemos preocuparnos más por definir y explicitar cual será nuestro rol en el acoplamiento que por conducirlo según nuestra lógica o parecer. 

Cuando ocurren estos acoplamientos, hacia el interior de los mismos, los sujetos participantes nos dedicamos a satisfacer nuestra propia transformación en función de las interacciones que realizamos en la red que se genera. Es un fenómeno propiamente social, similar al que ocurre en una colmena cuando una abeja obrera sabe que no asume la función de reproducir la colmena, pero sí de alimentarla. El conjunto es el que se beneficia y no ella directamente. Se logra un balance entre lo individual y lo colectivo en la medida en que los individuos, al acoplarnos estructuralmente en una unidad mayor (en nuestro caso el proceso de desarrollo), incluimos la tarea de mantenerlo vivo en nuestra propia dinámica de manutención. La vida del cuerpo social se sustenta en el devenir cotidiano de cada uno de los sujetos. “Somos” en sociedad, en la medida de cómo “somos” como individuos.

Pero como acción colectiva, la sostenibilidad de un proceso de desarrollo no radica en el resultado del balance entre el altruismo o el egoísmo de sus miembros, sino en la conservación de su permanente adaptación al medio donde progresa. Y es en esta circunstancia donde la diversidad, la complejidad y el riesgo se transforman en oportunidades. Estos atributos ofrecen una variedad de “rugosidades” al borde del cuerpo social, que multiplican sus opciones de adaptación articulante con la aun mayor diversidad de “pliegues” existentes en el entorno en el que se sostiene. 

Diferente es la perspectiva de sostenibilidad de cada sujeto en el proceso. Para el conjunto el individuo es reemplazable por otro que puede cumplir la misma función, pero para el individuo, su forma de ser en el grupo condiciona su propia existencia en él. La posición que asumamos como profesionales, cuando las arenas del proceso de desarrollo se nos muestren complejas, diversas y riesgosas, afectarán el proceso, pero por sobre todas las cosas a nosotros mismos. La oportunidad que nos brindan estos tipos de entornos, quizás chocante con nuestra formación tradicional, habita en nuestra propia capacidad de cambiar para acoplarnos. 

Una opción es entonces reconocernos a nosotros mismos en el papel de promotores del desarrollo. Identificando cómo reaccionamos para poder acoplarnos y contribuir cuando las arenas se tornan complejas, desuniformes y riesgosas.