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En muchas organizaciones tradicionales dedicadas a la
investigación y la promoción de innovaciones, las crisis no son eventos
excepcionales, sino situaciones recurrentes. Equipos que se fragmentan,
proyectos que se detienen, estructuras que no logran responder con agilidad.
Aunque estas situaciones se suelen atribuir a factores externos (falta de
recursos, cambios políticos, exigencias burocráticas), existe una dimensión
interna que rara vez se examina con la atención que merece: la forma en que
están organizados sus vínculos y modos de decisión.
Uno de los modelos
organizacionales más frecuentes y persistentes —aunque pocas veces
problematizado— es el modelo piramidal de vinculación interna. En estas
estructuras, el
flujo de información, poder y reconocimiento sigue una lógica descendente:
unos pocos concentran la capacidad de orientar, decidir y validar, mientras la
mayoría ocupa roles más operativos o subordinados, muchas veces sin
herramientas reales para incidir en la orientación general de la organización.
La elección de este modelo organizacional puede estar
explicado porque el mismo ofrece claridad en la estructura, control y
eficiencia en la toma de decisiones. Al establecer niveles jerárquicos
definidos, permite asignar responsabilidades específicas, mantener el orden y
coordinar el trabajo de manera centralizada. Este modelo facilita el
control desde la cima, lo que es especialmente útil en entornos
estables o con tareas repetitivas. Además, muchas organizaciones heredan
esta forma por tradición o porque es fácil de implementar y comprender. Pero
cuando los
contextos son complejos o cambiantes, este modelo suele volverse rígido, y convertirse
en una limitante para la colaboración y la innovación.
Esta configuración produce estabilidad… hasta que deja de
hacerlo. Cuando la organización entra en una situación crítica, este
modelo muestra sus límites: las señales de alerta no ascienden, las iniciativas
de base no encuentran canal, y quienes ocupan los puestos centrales suelen
estar demasiado comprometidos con las formas heredadas como para ensayar
respuestas disruptivas. El resultado: la parálisis, o peor aún, la
repetición de soluciones que ya no funcionan.
Lo más preocupante es que esta condición estructural no
suele ser visible para quienes integran la organización. En medio del
torbellino operativo, es difícil tomar distancia para reconocer que la
forma en que nos vinculamos —y no solo lo que hacemos— es parte del
problema. Así, la organización entra en un círculo vicioso: crisis que
se repiten, soluciones que no resuelven, frustración que se acumula.
Entonces:
- ¿Qué tipo de organización necesitamos ser para enfrentar lo que nos está pasando?
Y más aún:
- ¿Qué tendríamos que revisar, en nuestras prácticas cotidianas, para que esa transformación sea posible?
Cuando las crisis no se resuelven: síntomas de una estructura que no escucha
Para las organizaciones orientadas a la promoción
de innovaciones, el modelo piramidal presenta varias limitantes:
- Frena
la colaboración horizontal, dificultando el intercambio de saberes
entre áreas o actores diversos.
- Centraliza
las decisiones, lo que retrasa las respuestas ágiles y limita la creatividad
desde los niveles operativos.
- Reproduce
una cultura de control, que desalienta la experimentación y la toma de
riesgos,
claves en procesos innovadores.
- Reduce
la adaptabilidad, ya que los flujos
de información son lentos y suelen ir de arriba hacia abajo, sin
aprovechar el aprendizaje distribuido.
Estas limitaciones hacen que el modelo piramidal sea poco
adecuado en contextos donde la innovación requiere apertura, co-construcción y
flexibilidad. En otro artículo hemos abordado especialmente el tema de la
comunicación mediante una
mirada estratégica de la comunicación en organizaciones jerárquicas que
trabajan para el desarrollo. Te invito a revisarlo si te interesa este
aspecto puntualmente.
Las crisis estructurales en las organizaciones piramidales, no
siempre se presentan como explosiones dramáticas. A menudo son más silenciosas,
más persistentes, más agotadoras. Por ello es importante tener a mano algunos indicadores
(luces amarillas) que nos permitan reconocerlas. A continuación, se presentan
algunos “síntomas” que anticipan procesos de crisis en organizaciones
tradicionales:
- Los
equipos de trabajo se desarman sin explicación clara. Las personas se
van sin conflicto
abierto, pero también sin expresión de sentido ni posibilidad de
reelaboración colectiva.
- Se
multiplican las reuniones, pero sin capacidad de decisión real. Mucho
intercambio de información, pocos espacios para construir caminos
compartidos.
- Las
iniciativas innovadoras se frenan en los bordes de la estructura. Las
ideas surgen en la base o en los márgenes, pero no encuentran eco ni
legitimidad para escalar.
- Las
mismas preguntas se repiten en cada evaluación, como si nadie hubiera
podido actuar sobre ellas.
- Las
personas más comprometidas tienden al desgaste, porque el esfuerzo por
sostener
los procesos recae siempre en los mismos nodos, sin distribución del
cuidado ni de la responsabilidad.
Estos síntomas no son simplemente el resultado de “malas
prácticas”. En muchos casos son señales de que la estructura organizativa
vigente ya no da respuestas, pero tampoco se habilitan condiciones para que
surja otra. Y sin una lectura compartida de esta limitante, la crisis se
convierte en un estado crónico: se gestiona, pero no se transforma.
¿Qué alternativas hay al modelo piramidal? Primeros pasos hacia una lógica relacional
Frente a este panorama, no se trata de idealizar modelos
horizontales ni de abandonar por completo las jerarquías funcionales. Lo que
está en juego es la calidad de los vínculos y la apertura de los procesos
organizativos. Por ello, si participas de una organización piramidal
orientada a la promoción de innovaciones, y has detectado algunas de las “luces
amarillas” que presagian nuevas crisis, habrá que alzar la “voz” e intentar abrir
espacios para el análisis crítico del modelo, antes que “la niebla ponga
en riesgo a los barcos más alejados”. Algunas opciones que se pueden
ejecutar para pronosticar el mal clima y tomar medidas de prevención son:
- Diseñar
espacios de decisión distribuidos, donde diferentes equipos puedan
tomar decisiones autónomas en sus ámbitos, con coordinación, pero sin
subordinación rígida. Esto es posible si se establecen reglas claras de coordinación
entre equipos (propósitos comunes, ritmos de intercambio y mecanismos
de retroalimentación) y se delegan las decisiones operativas a cada
equipo según su función y conocimiento del contexto.
- Reconocer
los diversos saberes en juego, no solo los académicos o los ligados al
rol formal. Escuchar a quienes están más cerca del territorio o de los
procesos experimentales puede abrir caminos que la estructura tradicional
no ve. Para esto, la
escucha activa de quienes actúan en el territorio, valorando su
experiencia como conocimiento estratégico, puede ser la clave para
orientar las decisiones
- Activar
círculos de reflexión colectiva, donde no se trabaje solo “lo
técnico”, sino también lo
relacional, lo organizacional, lo
emocional incluso, como dimensiones legítimas del trabajo. Se deberá destinar
tiempo y crear espacios donde lo técnico se piense junto a lo humano,
reconociendo que trabajar también es vincularse, organizarse y sentir.
- Diseñar
prácticas de retroalimentación horizontal, que no esperen a las crisis
para dar lugar a la voz de todos los actores. Instalar rutinas de diálogo
horizontal que anticipen, escuchen y fortalezcan antes de que duela, tales
como los círculos de escucha
activa, que permiten que la retroalimentación sea un hábito, y no una señal
de alarma. Cuando todos tienen oportunidad de usar su voz a tiempo, no harán
falta los gritos en la crisis.
- Cultivar
la lógica
de la red, que permita la cooperación entre nodos sin que todo
deba pasar por el “centro”. Fomentando vínculos directos entre actores,
para que la cooperación fluya sin pedir permiso de las estructuras
superiores.
Estas alternativas no se imponen desde arriba ni se
resuelven con una reorganización formal. Son culturas de trabajo que se
ensayan, se ajustan y se legitiman en la práctica cotidiana. Y eso exige
algo más profundo que una reforma: exige una conversación honesta sobre lo que
ya no nos está funcionando… y sobre la posibilidad de construir algo distinto.
“Transformar la organización implica transformar la conversación”.
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Recursos usados
Redes
vs Organizaciones tradicionales. Dinámicas en opuesto para el desarrollo.
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